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Hacer fila, limpiar inodoros y no llorar: un día en la detención de menores migrantes


No te portes mal. No te sientes en el suelo. No compartas tu comida. No uses apodos. Y es mejor si no lloras; hacerlo podría afectar tu caso.

Las luces se apagan a las nueve de la noche y se encienden al amanecer, después de lo cual debes tender tu cama según las instrucciones pegadas a la pared, paso por paso. Lavar y trapear el baño, tallar los lavabos y el inodoro. Luego es la hora de hacer fila para la caminata hacia el desayuno.

“Había que formarse para todo”, recordó Leticia, una niña de Guatemala.

Pequeña, delgada y con una larga cabellera negra, Leticia fue separada de su madre después de que cruzaron la frontera hacia Estados Unidos de manera ilegal a finales de mayo. La enviaron a un refugio en el sur de Texas, una de las más de cien instalaciones de detención contratadas por el gobierno estadounidense para niños migrantes en todo el país, que son una burda mezcla de internado, guardería diurna y prisión de seguridad media. Están reservadas para los niños como Leticia, de 12 años, y su hermano, Walter, de 10.

La lista de lo que no se debe hacer en las instalaciones también incluía lo siguiente: no tocar a otros niños, incluso si se trata de tu hermanito o hermanita.

Leticia esperaba darle a su hermano menor un abrazo de consuelo, pero le “dijeron que no podía tocarlo”, recordó.

En respuesta a las protestas internacionales, el presidente Donald Trump emitió hace poco una orden ejecutiva que puso fin a la práctica que su gobierno comenzó a aplicar de manera generalizada a principios de mayo de separar por la fuerza a los niños de los padres migrantes que habían entrado ilegalmente a Estados Unidos. Con esa política de tolerancia cero respecto de las leyes fronterizas, miles de niños fueron enviados a instalaciones que en ocasiones se encontraban a miles de kilómetros de donde sus padres terminaron detenidos, en espera de ser procesados penalmente.

La semana del 9 de julio, para cumplir con una orden judicial, el gobierno devolvió a poco más de la mitad de los 103 niños menores de 5 años a sus padres migrantes.

Sin embargo, los más de 2 800 menores —algunos separados de sus padres, otros clasificados en la frontera como “menores no acompañados”— permanecen en estas instalaciones, donde las atmósferas van de impersonalmente austeras a casi bucólicas, a excepción del hecho de que disuaden de manera efectiva a los niños de irse mientras desconocen el paradero de sus padres o tutores.

Según variables que incluyen la casualidad, se puede enviar a un niño a un refugio para jóvenes en Nueva York de trece hectáreas, donde hay mesas para comer al aire libre, campos deportivos e incluso una alberca en el exterior. “Como un campamento de verano”, manifestó el representante demócrata de Nueva York, Eliot L. Engel, quien visitó las instalaciones hace poco. O bien el niño puede acabar en un motel adaptado, ubicado en una descuidada calle de Arizona llena de tiendas de descuentos, gasolineras y hoteles baratos. Ahí los recreos transcurren en un complejo sin jardín y la vieja alberca inservible del hotel está cubierta.

A pesar de ello, estos centros de detención comparten algunos elementos, ya sea que se encuentren en el norte de Illinois o en el sur de Texas: las numerosas reglas, los llamados para levantarse y acostarse o las muchas horas de clases al día, que pueden incluir una clase de civismo sobre historia y leyes estadounidenses, aunque no necesariamente las que condujeron a su encarcelamiento.

Sobre todo, estas instalaciones comparten un sentimiento colectivo de dolorosa incertidumbre: montones de niños reunidos bajo un mismo techo que no tienen idea de si volverán a ver sus padres.