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DEL MURO DE SLIM AL “YA NO ME ALCANZA”

February 7, 2017

 

DEL MURO DE SLIM AL “YA NO ME ALCANZA”

Rivelino Rueda/Reversos/The Exodo

“Es que en serio ya no me alcanza”, dice el empleado del otro lado de la caja con su impecable chaleco y su playera recién planchada. “Sanborns”, luce en letras cosidas a mano su atuendo de trabajo.

Sería el colmo que la “S” de Sanborns fuera suplantada por la “S” de uno de los hombres más ricos del mundo, quien hace unos días nos dio una receta de cómo enfrentar a Donald Trump.

“Ya no me alcanza. No sé qué hacer”, balbucea Antonio M. a su compañera.

“Pero si acaban de pagar”, responde en tono conciliador. Es 4 de enero de 2017. Todos los productos han subido en los últimos tres días después del llamado “gasolinazo”. Todo, excepto los salarios.

“No me alcanza amiga. Ya no sé qué hacer. Ni para la comida de mis hijos, ni para los camiones. Ni para nada”.

Seguramente el Ciudadano “S” sabe de esto. Como uno de los hombres más ricos del planeta nos imaginamos que baja de su pedestal y conoce la situación de sus empleados cara a cara.

Es más, el Ciudadano “S” hace unos días dio lecciones de “cómo emplear”.

El ciudadano Slim le paga seis mil pesos a Antonio M., en la sucursal de Sanborns de Insurgentes y Antonio Caso, en la Tabacalera.

A Antonio M. le ofrecen en su barrio ganar “de 30 a 50 kilos” al mes por vender droga, sin prestaciones, pero eso sí, “sin horario, con fusca, con motoneta o coche robado y con la garantía de que, si te apañan, al otro día ves la luz mi hermano”.

–Si quieres te presto mil pesos manito, es lo que puedo, propone Angelina D. a su compañero.

–No sé amiga. No sé. Al rato te digo.

Faltaban unos días para que Trump anunciara el muro. Faltaban unos cuantos días más para que Carlos Slim, acuciosamente, levantara su propio muro.

…..

Lucía M es la más guapa de entre las guapas que se encuentra en el salón central de la Casa de Los Azulejos. El insípido pozole medio tiene sazón cuando la hermosa mesera se acerca a conversar un poco. Lo normal. “¿Hace falta orégano? ¿Más cebolla? ¿Chile piquín? ¿Rábanos?

Lucía M es la más guapa de entre las guapas esa tarde del 10 de septiembre de 2016 en el salón central del hermoso edificio de talavera de Cinco de Mayo, en la Ciudad de México. Pero ese uniforme de “Adelita” es efímero. Un empleado de Sanborns tiene prohibido consumir en cualquiera de sus restaurantes.

 

Son las reglas del “patrón”, el que aconseja de muros y da cátedra de cómo generar empleos en México.

–¿Pero hay un reglamento escrito? –pregunto como pendejo sólo observando la maravillosa espalda de Lucía.

No es un autobús de Alabama en la década de los cincuenta negándole el asiento a “un negro”. Es una empresa de “clase mundial” ordenando reglas fuera de estos tiempos. ¿Discriminación? ¿Racismo? Vaya uno a saber.

Los olanes en el vestido blanco de Lucía son exquisitos, Un bordado casi perfecto. Una onda blanca de espuma, luego otra verde, luego otra roja… Luego un blanco hipnotizante, luego un rostro hermoso. El pozole no sabe a nada. Ahora sí.

–Qué bellos vestidos los que portan –comento entre haciendo plática y tratando de averiguar algo que me habían comentado.

–Sí, verdad.

–Qué buen detalle de la empresa.

–La empresa no tiene nada que ver. Nosotras los hacemos—Lucía M apura la charla y pregunta si solicitamos algo más.

–Café, por favor, pero cómo que los hacen ustedes.

–En un momento se lo traigo –corta la bella dama.

La cosquillita no cesa. Acorralo a una “Adelita” a la hora de pagar.

“Sí, nosotras los hacemos (los vestidos) pero hay que comprar todo aquí”.

….

Traigo unas bíblicas ganas de orinar. El tráfico a las siete de la noche sobre División del Norte, de sur a norte, es una pesadilla. Aparece imponente, inmaculado, el Sanborns de avenida con Universidad. “De aquí soy”, me digo. No importa pagar estacionamiento.

La urgencia es notoria. José M.E me sigue hasta el baño. Nunca me había pasado, ni cuando me iba a leer revistas en ese lugar con café en mano, ni cuando las interminables filas en eventos públicos en el Zócalo.

José M.E. casi mastica el cuello cuando voy al área de farmacia. Casi respira en el oído cuando pido unas aspirinas y casi revisa el cambio que me meto a la bolsa izquierda del saco.

–¿Algún problema jefe?—pregunto extrañado, molesto.

–Ninguno.

Caminamos juntos a la puerta y masculla: “Si se roban algo, lo más simple, me lo cobran a mí, y me parten la madre”.

 

–¿Cómo? ¿Hay un seguro de empresas para esos robos?

–No aquí—Abre la puerta. Me invita a salir, a “llegarle por donde llegué”.

–No pus se pasan de lanza, ¿no? –comento como para despedirme.

–Vuelva pronto –reta el muchacho con una sonrisa falsa.

……

 

Unos días después, luego del “gasolinazo” y del arribo de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, el señor Slim –con un traje negro impecable, uno poco arrugado de las solapas; corbata azul cielo y barba desaliñada—habló sobre “El señor naranja”.

Sobre Antonio, Angelina, Lucía y José, ni una sola palabra. Para ellos otro muro pues. www.reversos.mx www.theexodo.com

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